El hereje español
ABC Cultural
Por Ricardo García Cárcel
Fecha: 22/04/2004 Idioma: Español
Servet
fue un hereje español. Y eso, en un país en
el que la presión del nacionalcatolicismo oficial ha
sido muy grande, ha determinado un montón de contradicciones
a la hora de valorarlo. Por una parte, ha sido útil
como testimonio del desarrollo científico español
y como muestra inequívoca de que ha habido otras Inquisiciones,
como la calvinista, tan sangrientas como la española;
por otra parte, se le ha visto como extraño, ajeno,
un raro inclasificable en la galaxia de héroes de nuestra
escena histórica. Sólo un genio como Menéndez
Pelayo, tan integrista él, pudo dedicarse, con la intensidad
con que lo hizo, a repescar del silencio políticamente
correcto a los herejes españoles y, tras la erudición
abrumadora del gran historiador cántabro, es fácil
detectar no poca ternura y sensibilidad hacia aquéllos
que don Marcelino consideraba «profundamente equivocados»
pero que, al mismo tiempo, para él eran tan españoles
como cualquiera de los Inquisidores.
Perdedores históricos
Conversos, erasmistas, protestantes... heterodoxos todos,
acabaron siendo unidos todos por Menéndez Pelayo en
la condición de perdedores históricos. Pero,
como suele ocurrir, los historiadores menendezpelayistas del
siglo XX hispánico nunca estuvieron ni a la altura
intelectual ni a la moral del maestro. Y el ninguneo de los
herejes españoles y, en particular, el de Servet ha
sido penoso. La resurrección de Servet se inicia en
1953, con motivo del cuarto centenario de su muerte, y culmina
en el 2003, a caballo de su 450 aniversario. Las grandes biografías
de Servet han ido dando paso a una abundante bibliografía.
El nacionalismo doméstico, por una vez y sin que sirva
de precedente, ha tenido influencias positivas en la promoción
de la figura de Servet. El aragonesismo ha hecho mucho por
Servet, como el valencianismo, justo es reconocerlo, ha hecho
mucho por Vives en los últimos años. Pero lo
mejor del renovado interés por Servet es que no se
trata de organizar festivales de fuegos artificiales en torno
al icono local. La edición bilingüe de las obras
completas de Servet constituye un acontecimiento histórico
extraordinario que la indolencia y los complejos históricos
de inferioridad hispánica que arrastramos, no debe
infravalorar.
Del proyecto de siete volúmenes que tal obra implica,
acaba de publicarse el primer tomo con una larga introducción
y una nutrida recopilación de 89 documentos, a cargo
de Ángel Alcalá. Éste, catedrático
que ha sido de literatura española en la CUNY desde
1963 hasta 1998, año en que se jubiló, tiene
dos virtudes incuestionables: su formación intelectual,
tan rigurosa e implacable como lo mejor del humanismo europeo
del siglo XVI, temática a la que ha entregado buena
parte de su vida, y su pasión organizadora, su capacidad
dinamizadora de congresos y reuniones científicas,
su vocación mediática tantas veces constatada.
El tomo que ahora se publica introductorio de lo que serán
las obras completas de Servet refleja bien la primera vertiente
de Alcalá. Sus precisiones respecto al lugar de nacimiento
de Servet (entierra, definitivamente, la versión tudelana
del mismo), sobre su familia, sus orígenes (cuestiona
sus presuntos ascendientes conversos), sus tempranas preocupaciones
intelectuales (en particular, la influencia de Juan de Quintana),
sus estudios en Toulouse, el impacto de la coronación
del Emperador en Bolonia, las relaciones con Erasmo y Ecolampadio,
los primeros choques con Calvino en 1533-1534, la influencia
en Lyon de los maestros Champier y Paguino, el proceso del
Parlamento de París en 1537-1538, su ejercicio médico
en Montpellier y Charlieu, su trayectoria como hereje desde
Viena a Ginebra... tienen como único motor el rigor
y las exquisita neutralidad informativa. La crítica
a las divagaciones marañonianas sobre el carácter
de Servet, los detalles que se aportan respecto a los motivos
de la confrontación con Calvino o su propia exploración
de la evolución del servetismo desde el siglo XVI al
siglo XX son los mejores indicadores de que el radicalismo
metodológico servetiano parece haber impregnado al
propio Alcalá en su ejercicio como historiador, con
todas sus sutilidades y matices.
Personaje fronterizo
Pero el Alcalá apasionado por Servet, como por todos
los personajes fronterizos de la historia de España,
estudioso de todos los procesos que han puesto en la picota
el ejercicio de la libertad de pensamiento –la edición
del proceso de fray Luis de León en 1991 es bien significativa–,
también es un hombre, como decíamos, fascinado
por el mundo mediático. La mejor muestra del Alcalá
preocupado por la proyección mediática de sus
propias ideas, por el afán de salir de la fortaleza
científica en beneficio de un mercado de opinión
amplio, es el guión sobre Servet que escribió
hace años (en 1977) pero que ahora se ha decidido a
corregirlo, retocarlo y publicarlo. Se llama Servet y el leño
verde. Busca, ansiosamente, un productor y director para llevarlo
al cine. Sólo puedo decir una cosa: lo merece. Aunque
como método de postulación no es muy ortodoxo,
personalmente me sumo a la lista de los que apoyarían
gustosamente una película sobre Servet sobra la base
del guión de Alcalá.
Algún día habrá que superar las inhibiciones
ante el cine histórico español. Un cine histórico
que nada tenga que ver con el épico de los años
cuarenta. Una película sobre Servet sería un
buen punto de partida.

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