Inquisidores

24/02/2006

Por J. I. GONZÁLEZ FAUS, responsable del área de teología de Cristianisme i Justícia
30 mayo 2005 La Vanguardia

Una preciosa enseñanza del Tao te King dice: “Nada en el mundo es más blando y débil que el agua; pero no hay nada como el agua para erosionar lo duro y lo fuerte. Que lo débil venza a lo fuerte y lo blando venza a lo duro es algo que todos conocen pero nadie practica... Ciertamente la Verdad parece su opuesto”.

Y en siglo XVI, tras la quema de Miguel Servet por Calvino, el calvinista Sebastián Castellio escribió: “Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre; cuanto más conoce un hombre la verdad, menos se inclina a condenar”.

Las religiones, las filosofías, las políticas, y todas las pretensiones de verdad que corren por el mundo deberían aprender de memoria esas palabras, que evocan otras de Teresa de Ávila: “La verdad padece mas no perece”. Pero lo habitual en nuestra naturaleza contradictoria es que los sistemas con pretensiones de verdad engendren uno de los tipos más des- deñables de humanidad, conocido con el apelativo de inquisidores.

Sin darse cuenta, el inquisidor maltrata a la verdad mucho más que el mentiroso. Como no soporta la debilidad y padecimiento de la verdad, su afán de una verdad fuerte le lleva a utilizarla para hacer sufrir a los demás. Y a la larga sucede que, a cualquier fe, le hacen más daño sus inquisidores que sus perseguidores.

Lo de menos ahora es si los inquisidores queman vivos o no. Lo que nos importa es esa mentalidad que se siente propietaria y responsable de la verdad. Se enmascara ahí una patología, muchas veces auténtica neurosis de seguridad y de protagonismo, que sería fácil psicoanalizar.

En el campo católico los inquisidores se autodenominaron muchas veces Domini canes (perros del Señor) distorsionando así la etimología de los pobres dominicos, que venía sencillamente del domingo, que es el día del Señor pero no el perro del Señor. Sin embargo, en esa distorsión se definieron bien: pues el perro se vuelve agresivo ante lo que considera equivocadamente su territorio; y ladra para amenazar o para hacerse notar. Y resulta ridículo por no saber que lo que marca ese territorio pretendidamente exclusivo no es la verdad, sino su orina...

La verdad no se defiende ladrando, sino viviéndola; no tiene poder, sino que el poder la falsifica; su autoridad no es la de la fuerza, sino la de la libertad que da y la de su propio ser. Sin duda, es muchas veces falsificada y egoístamente manipulada; pero a pesar de eso no se defiende inquisitorialmente. El Nuevo Testamento habla de “hacer la verdad en el amor”. Los inquisidores aún no se han enterado de eso.

Si seguimos mirando el campo católico, tropezamos con que san Pablo (al que muchos llegaron a llamar verdadero fundador del cristianismo) soportó durante toda su vida la inquina y el maltrato de los que el Nuevo Testamento llama fariseos fanáticos, que hasta intentaron quitarlo de en medio violentamente. En el siglo XVI español, tuvieron problemas con la inquisición gentes como Luis de León, Juan de Avila, Teresa de Jesús, Ignacio de Loyola, el obispo Carranza... en una palabra: las figuras más insignes de la España de aquel siglo. Uno esperaría que, después de eso, los inquisidores hubieran aprendido, si no mansedumbre al menos prudencia. Pero resulta que en el siglo XX fueron acosados K. Rahner, Congar, De Lubac, Gustavo Gutiérrez, E. Schillebeeckx, Juan XXIII en sus tiempos de profesor... otra vez figuras señeras de aquella iglesia. Sólo queda añadir que fueron ellos (no sus perseguidores) quienes más creíble hicieron la fe de aquel siglo, y quienes han sostenido a más creyentes. Paradojas de la verdad.

Y es que existen al menos tres vías de acercamiento a la pálida verdad que nos está reservada en esta historia. Un acceso meramente intelectual, otro experiencial (místico si se me permite la palabra) y otro práxico. Un ejemplo del segundo lo ofrece la disensión entre Teresa de Ávila y sus acusadores: ella sabía por experiencia algo de Dios que no entraba en las frías aristas conceptuales de aquellos maleméritos señores llamados Orenzana, Alonso de la Fuente y demás. Un ejemplo del tercero lo encuentro en la célebre disputa sobre la conquista de América, que sostuvieron Bartolomé de las Casas y Ginés de Sepúlveda: el primero estaba en el tajo, había visto sufrir y morir a los indios, conocía las lágrimas no de oídas. El segundo, en cambio, era un teólogo de corte, que hoy se haría llamar profesor Sepúlveda, y manejaba hábilmen- te conceptos como quien maneja números. La disputa entre ambos me resultó uno de los episodios más instructivos de mi vida académica.

Pero he dicho al comienzo que los inquisidores no surgen sólo en el campo religioso: nuestra sociedad, que se cree tan tolerante, tiene también sus inquisidores que actúan en cuanto alguien la pone un poco en evidencia. Para concluir invito al lector a visionar aquella espléndida película cubana Fresa y chocolate, analizando las actitudes del joven amigo del protagonista y de su consejero en el partido: del muchacho al que, cuando el amigo homosexual le dice: “Soy creyente”, responde con aplomo arrollador, pero sin saber muy bien lo que dice: “Yo soy materialista dialéctico”. Y luego va descubriendo indefenso que también allí fuera, en todo aquello que su mentor del partido califica como muy serio y extremamente peligroso para la revolución, pues también allí hay importantes valores humanos, hasta ahora casi desconocidos para él.

Desde aquí es psicológicamente comprensible que nuestra cultura posmoderna desconfíe como Pilatos de la verdad, y tome eso como excusa para dedicarse al fácil bienvivir. Es comprensible pero muy peligroso. Porque entonces, volviendo al Tao inicial, es como si nos quedáramos sin agua para la vida. Otra vez se tocan los extremos. Ahí está la paradoja de lo humano y la grandeza débil de la verdad. Por eso es tan divina.