Orejudo contra la historia

13/03/2005

Por Rafael Conte para elPais.es

Una descripción de las luchas de poder dentro de la religión católica en tiempos de Lutero, siglo XVI, narrada con documentación y no carente de humor feroz. Historia, intriga y poder en las manos firmes de este filólogo.

Extraña carrera la de Antonio Orejudo (Madrid, 1963) que ha publicado con este último tres relatos inquietantes, muy distintos entre sí, como si fueran otros tantos bandazos, pero que los ha asestado de manera tan provocadora como inteligente y perfectamente pausada, cambiando de empresa editora cada vez, y con sus correspondientes dos premios anteriores y contradictorios, como si no quisiera casarse con nadie y ensayar cada uno de ellos como si fueran otras tantas explosiones. De hecho, estos libros vinieron separados por cuatro años de distancia, por dos editoriales muy distintas y por dos premios contrapuestos, uno a libro publicado y el otro a manuscrito: en efecto, Fabulosas narraciones por historias (en la benemérita Lengua de Trapo, 1996, que obtuvo el Tigre Juan para libro publicado) ya indicaba el camino, señalando la necesidad de sustituir la historia por la fábula para entenderla mejor; mientras que Ventajas de viajar en tren (Alfaguara, 2000) recibió el Premio Andalucía en manuscrito y parecía ser una novela más corta, más posmoderna, sobre la sustitución de la cultura actual por la basura universal que nos invade. En resumen, hasta hoy se presentaba como el dinamitero más actual de las letras españolas, como su provocador más autocrítico y feroz.

Pues bien, han pasado cuatro años y Orejudo sigue presentando las mismas características, aunque parezca cambiar de modales, o al menos de modelos, bien que siempre cargado de esos dos conceptos, la "eutrapelia" y la "tropelía", que descubrí en un largo trabajo en el que presentó en 1997 en Castalia Didáctica una muy buena edición de tres novelas ejemplares de Cervantes. En su gran introducción a Cervantes, Orejudo nos enseñó que era un auténtico profesor, un virtuoso de la didáctica, que tras cursar estudios de filología en Madrid, se doctoró en Estados Unidos donde fue profesor durante siete años hasta recalar (según creo) en la Universidad de Almería, desde donde sigue dando algunas pruebas de sus excelentes actitudes críticas y ensayísticas. Aunque siempre, tal como nos mostró en Cervantes -que supo unir lo idealista con lo realista, el libro de caballerías con la picaresca- mediante la "tropelía" (o manipulación) y la "eutrapelia" (o armonía). De ahí que el salto a la novela histórica "tradicional" haya resultado mucho menos mortal de lo que parece, pues creo que ha sido muy calculado.

Aunque al elegir el modelo de la novela histórica Antonio Orejudo no solamente ha seguido otros de sus pasos profesionales sino que ha preferido imponerse moldes más rígidos que en sus libertades anteriores, que más parecían "libertarismos" propiamente dichos, con lo que la sorna y el disparate parecen brillar por su ausencia, aunque vayan por debajo. En esta ocasión no caben quizá las menores dudas, pues la historia le merece todo su respeto, por muchas narraciones que vengan a trazar las fábulas irrisorias que las acompañen. Aunque, en el fondo, la historia es tan desesperada que no necesita más apoyos para sumirse en la tragedia. Estamos en pleno siglo XVI europeo, en 1535 en la ciudad alemana de Münster, en pleno debate entre los viejos católicos fieles a Roma y los rebeldes partidarios de Lutero, que van imponiendo su reforma para librar batallas más o menos caóticas y muchas veces más cruentas y disgregadoras de lo que se esperaba. Un obispo católico se dispone a recibir a un antiguo discípulo, joven amable e hijo de un orfebre (que a veces ha sido su amante) y que llega a la ciudad para predicar y ser consagrado sacerdote, pero que se va a convertir pronto en un líder anabaptista, Bernd Rothmann, cabecilla de la revuelta contra la corrupta jerarquía católica. La rebelión será aplastada, pero la semilla ha sido sembrada y no parece haber caído en el vacío.

Esta historia de religiones enfrentadas -dentro de una misma religión- va a desembocar en una descripción de las luchas de poder en estado puro, donde cada cual funciona como un fundamentalista más y la historia se desmenuza en una serie de personajes y escenarios donde todos se entrecruzan sin parar. El filólogo que es Orejudo nos llega teñido de un historiador bien documentado, aunque a veces sus carcajadas sean tan feroces como siempre, sus anacronismos y anticipaciones configuren una sorna tan bien medida como de costumbre. Pasan los años -18 exactamente- y reaparecen algunos fugitivos huidos de Münster, en las cercanías de Lyón, donde a través de los juegos y cambios de voces narradoras, no varían demasiado sus identidades, pues al final se van a reunir en una misma acción. Un agente protestante clandestino se inserta en la figura de un falso inquisidor, donde todo se reúne, y los diversos saberes de la época -la medicina, la imprenta y la teología- se unen en una serie de círculos concéntricos que nos acercan a un final sabiamente calculado: la búsqueda de un misterioso hereje autor de un no menos misterioso libro titulado La restitución del cristianismo, que no va a ser otro que nuestro oscense Miguel Servet, médico y teólogo, quemado vivo por Calvino en Ginebra en 1553.

Es curioso que fuera el protestante Calvino quien quemara herejes, y no la Inquisición católica, que era lo suyo. Este libro me trae recuerdos de la espléndida recreación en El Caballero de Sajonia (Juan Benet, en sus cuatro profundos diálogos de Martín Lutero, de 1991) o la gran pieza de Alfonso Sastre de 1965 La sangre y la ceniza. Flores rojas para Miguel Servet más política que religiosa, o la imposible "cuadratura del círculo", donde Álvaro Pombo no pudo reconciliar entre sí la religión y la guerra en 1999 y sigue sin poder hacerlo. Quizá esta "reconstrucción" no sea sino el intento de Orejudo por crear una verdadera "des-construcción", lo que parece estar más de acuerdo con su ideología personal. Es curioso que utilizando los moldes trágicos de la novela histórica con absoluta corrección y fidelidad a prueba de bomba -aunque anacronismos y disparates vengan a minar tanto formalismo de manera sorda y disimulada- el fondo histórico sea dinamitado por la tremenda severidad de la historia contada, con lo que le viene a dar la razón cuando afirmaba que "la novela es un subproducto de la ficción en prosa". ¿Qué será entonces el subproducto actual que es la llamada "novela histórica", de un subproducto más amplio y general que todo lo engloba?

Y no es de extrañar la mala fa ma que se extiende por la novela histórica, dado que el verdadero problema es de la historia en general. "La Historia es una catástrofe", declaraba paladinamente en la televisión y hacía un llamamiento a las nuevas generaciones europeas para olvidar su historia. Pero ¿cómo hacer arte sin memoria? Quizá la respuesta de Orejudo sea la adecuada: verter en moldes viejos las fábulas de verdad, y darle la vuelta a esa hecatombe sombría de crímenes, canibalismos y violencias sin final y así manda a los dos últimos protagonistas (uno es el mismo del principio) por la calle de Miguel Servet con que le ha honrado Ginebra, "para almorzar en una de las casas de huéspedes más famosas" de la ciudad, en un barrio residencial donde se espera a los turistas españoles, y "donde se come bien, se bebe bien y pronto se olvidan allá las aflicciones". "Y sin decir palabra los dos hombres se componen la ropa y reanudan su descenso". ¿Reconstrucción? ¿No será Re-De-Construcción? ¿De qué y para qué, veamos? Una pequeña joya que no quiere decir su nombre o que lo dice al revés, bendita sea.