Miguel Serveto en la crítica filosófica de Menéndez Pelayo

05//11/2004

Resumen redactado por Miguel Ángel Pascual Ariste

Fuente: Ensayos de crítica filosófica: 1.-De las vicisitudes de la filosofía platónica en España (1889), por Don Marcelino Menéndez Pelayo. Gran enciclopedia Durban. Enciclopedia católica. Biografías y vidas.

Don Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912). Polígrafo español, nacido en Santander, fue catedrático de literatura, director de la Biblioteca Nacional y de la Academia de la Historia hasta su muerte. Su extraordinariamente extensa, importante y creadora obra, abarca toda la vida intelectual de España: ciencia, religión, filosofía, literatura, arte, etc. Lo que escribió Menéndez Pelayo sobre la vida, obras y muerte de Miguel Serveto en su “Historia de los heterodoxos españoles” (1880-82), es sobradamente conocido, pero no lo es tanto, cuando trata de su filosofía y lo describe: “ Miguel Serveto, el neoplatónico heterodoxo y panteísta en quien reencarna el espíritu de Plotino y de Proclo en su mayor grado de exaltación y delirio”.

Además de tratar de su filosofía, defiende en este escrito la autoría de Servet en el descubrimiento de la circulación pulmonar de la sangre, apoyandose en el infatigable y docto “servetista” H. Tollin que, en 1876, refutó la Memoria leída en la Academia de Medicina de París, atribuyendo el descubrimiento a Realdo Colombo, discípulo de Vesalio, que la describe en su obra póstuma; “ De re anatómica” publicada en 1559, dieciséis años después que Serveto (otro español, Juan Valverde, nacido en el pueblo palentino de Amusco, también describió la circulación pulmonar en 1556, en su obra “Historia de la composición del cuerpo humano”). Y quizá, “por mantenella y no enmendalla”, Menéndez Pelayo, al haber situado anteriormente el nacimiento de Serveto en Tudela, dice en este ensayo: “Llamo aragonés a Servet, porque así se llamaba él mismo, y de Aragón descendía; pero su ciudad natal fue Tudela de Navarra, según consta por declaración suya en el proceso de Viena del Delfinado, y por los registros de la Universidad de París”.

Inicia el ensayo, destacando que: “Tres grades nombres compendian en España el movimiento platónico del siglo XVI: León Hebreo, Miguel Servet, Fox Morcillo”. De León Hebreo escribe que “representa el más puro neoplatonismo florentino, renovado y vivificado por la infusión de un elemento semítico-español muy poderoso, que da a su doctrina una transcendencia ontológica hasta entonces no lograda”.

Expone a continuación las generalidades de la Filosofía del Renacimiento, que caracteriza fundamentalmente, como una reacción contra el espíritu y procedimientos del peripatetismo escolástico, seguidor de la filosofía de Aristóteles. Destaca que el humanismo produjo el estudio y conocimiento del latín, griego, hebreo; el estudio de las obras de los filósofos griegos en sus fuentes; los grandes trabajos de investigación y de filología que entonces comenzaban; la importancia que ya se iba concediendo a los métodos de observación; los descubrimientos de nuevas tierras y mares; la difusión por medio de la imprenta de la verdad y el error en innumerables libros; todo concurría al advenimiento de la libertad filosófica, por la que trabajaban los platónicos, los aristotélicos adversarios suyos, los nuevos y racionales dialécticos, los teósofos que aspiraban a conocer la divinidad directamente, prescindiendo de la revelación y de la especulación, los cabalistas con su interpretación tradicional del Antiguo Testamento.

Señala que hubo una restauración de casi toda la ciencia clásica libremente interpretada, y que Platón fué el primero que volvió a las escuelas cristianas a disputar a su famoso discípulo, Aristóteles, la hegemonía de que por tantos siglos venía disfrutando. Conocidos ya por entero y en su lengua Aristóteles y Platón, puestos enfrente y cotejados, surgió el pensamiento de concordarlos, de resolver su aparente antinomia en un armonismo superior.

Enfocando, resumidamente, el ensayo de Menéndez Pelayo, a la figura de Serveto, como filósofo neoplatónico, copio textualmente: “levántase también la sombría y trágica figura de aquel antitrinitario aragonés, víctima de los odios teológicos de Calvino, y eternamente memorable en los anales de la ciencia, por haber descrito con claridad y exactitud, antes que otro ninguno, la pequeña circulación o circulación pulmonar. Espíritu aventurero, pero inclinado a grandes cosas, pasó como explorador por todos los campos de la ciencia, y en casi todos dejó algún rastro de luz. Inteligencia sintética y unitaria, llevó el error a sus últimas consecuencias, y dio en el panteísmo, como solían dar los herejes españoles e italianos de aquellos tiempos, cuando discurrían con lógica. Teólogo herético, predecesor de la moderna exégesis racionalista, filósofo neoplatónico, médico, geógrafo, editor de Tolomeo, astrólogo perseguido por la Universidad de París, hebraizante y helenista, estudiante vagabundo, controversista incansable a la vez que soñador místico; extremoso en todo, voltario (versátil) e inquieto, errante siempre, como el judío de la leyenda, espíritu salamandra, cuyo centro es el fuego (según la expresión de uno de sus biógrafos alemanes), la historia de su vida y de sus opiniones excede a la más complicada novela”.Tras esta semblanza, pasa a estudiar el elemento neoplatónico, que puede reclamarse en la concepción cristológica de Miguel Serveto. Divide su doctrina en dos fases principales, aparte de otras secundarias. “La primera fase, contenida en los siete libros De Trinitatis erroribus (1531) y en los diálogos De Trinitate (1532), es puramente teología arriana, sin mezcla ni intrusión de elemento filosófico alguno. El Logos está entendido en la significación material de oráculo, voz o palabra de Dios; las Divinas personas no son todavía para Serveto hipostases, sino formas varias de la Divinidad, facies multiformes, Deitatis aspectus: el vocablo emanación está expresamente rechazado, como de sabor demasiado filosófico, aunque por otra parte, Serveto parece profesar un emanatismo de la especie más ruda y materialista que puede imaginarse, hasta afirmar que «la carne de Cristo fue educida o sacada de la substancia divina». No hay, pues, filosofía de ninguna escuela en estos primeros escritos; pero hay ya un verdadero y resuelto panteísmo”.

Servet, mucho antes de haber estudiado a Plotino y a Proclo, y cuando no se inspiraba más que en el texto bíblico interpretado a su modo, y en los primeros escritores de la Reforma, enseñaba ya, sin ambajes, que «Dios es nuestro espíritu», que «Dios es la esencia universal y esenciante», que «Elohim es la fuente, de donde todas las cosas emanaron», y que «Dios, en sí mismo, no tiene naturaleza alguna».( Elohim es el plural hebreo de Eloah, Dios. En el Antiguo Testamento figura en 2570 ocasiones, con el significado de Poderoso o Fuerte. Es un nombre “uni-plural”, que algunos interpretan como la pluralidad de Dios en tres personas, es decir, da a entender la Trinidad de Dios en: Padre, Hijo y Espíritu Santo.)

Durante los años que transcurrieron desde 1532, fecha de los Diálogos, hasta 1553, en que publicó el Christianismi Restitutio, las ideas de Miguel Serveto experimentaron una modificación profundísima, una segunda fase. “El antiguo teólogo persistió en él, pero se amalgamó extrañamente con el anatómico y el fisiólogo, condiscípulo de Vesalio y ayudante de Winter, con el astrólogo y matemático del Colegio de los Lombardos; y de una manera no menos extraña, con el pensador idealista imbuído de las doctrinas neoplatónicas que en la Florencia del Renacimiento se predicaban, y aun cegado por reminiscencias y vislumbres de la escuela unitaria de Elea (doctrina que nace con Parménides. Concibe el universo como una gran sustancia que existe desde siempre y acabado: por esta razón el conocimiento se reduce a la contemplación, donde el saber es la capacidad de ver a través de las ideas. Postula un universo uniforme e indivisible, acabado desde siempre, eterno y absoluto al margen del tiempo). Así nos aparece Servet en aquella especie de enciclopedia gnóstica, en aquel torbellino cristocéntrico, que acabó por arrastrar a su autor a la hoguera de la colina de Champel, encendida por los calvinistas con leña verde para alargar el suplicio. No es posible engañarse sobre el carácter de esta última evolución del pensamiento servetiano. El mismo autor disipa toda duda con sus citas de Hermes Trismegisto (1), Jámblico (2), Porfirio (3), Proclo (4) y Plotino(5), y aun de algunos filósofos hebreos, como Aben-Ezra (6) y Maimónides (7). La teoría de las Ideas está expuesta en toda su amplitud, al tratar del nombre Elohim. Desde la eternidad estaban en Dios las imágenes o representaciones de todas las cosas, reluciendo en el Verbo (Logos) como en su arquetipo. Dios las veía todas en sí mismo, en su luz, antes que fueran creadas, del mismo modo que nosotros, antes de hacer una casa, concebimos en la mente su idea, que no es más que el reflejo de la luz de Dios, porque el pensamiento humano, como dice Philón (8), es una emanación de la claridad divina. Sin división real de la sustancia de Dios, hay en su luz infinitos rayos que relucen de diversos modos. La Idea es luz que enlaza lo espiritual con lo corpóreo, conteniéndolo y manifestándolo en sí todo. Las imágenes que están en nuestra alma, como son lúcidas, tienen íntima conexión y parentesco con las formas externas, con la luz exterior y con la misma luz esencial del alma. Y esta luz esencial del alma contiene las semillas de todas esas imágenes, por comunicación de la luz del Verbo, en el cual está la imagen ejemplar de todas”.

Esta doctrina, más que platónica, es philoniana; pertenece a aquella escuela judaica de Alejandría que quiso llevar a término la unión de la filosofía griega y de la teología hebrea, y abrió los caminos del neoplatonismo. De Philón (8) ha pasado íntegramente a Miguel Serveto la distinción entre el Logos interno y externo, y aun el mismo concepto del Logos como lugar de las ideas, de los ejemplares eternos y razones de las cosas, o lo que es lo mismo, como un mundo intelectual, prototipo del mundo visible, el cual realmente no nos ofrece más que simulacros vanos y sombras que pasan. Pero el idealismo de Miguel Serveto no se explica totalmente con Philon, ni con los alejandrinos propiamente dichos. Es cierto que Miguel Serveto afirma, como Plotino, la Divinidad de lo Uno, la unidad universal en su simplicidad perfecta, el ente universalísimo pero abstracto, ente incomprensible, inimaginable, incomunicable e impersonal, que en rigor tampoco puede llamarse ente ni esencia, porque está sobre la esencia y el ente, y viene a confundirse con la nada o con la mera posibilidad de ser”. Pero como Miguel Serveto se empeña en aparecer a un tiempo cristiano y panteísta, empieza por corregir la doctrina de Plotino con ayuda de la de Proclo, y admite, siguiendo al filósofo ateniense, una doble consideración de lo “Uno: 1º Como cosa inimaginable e inaccesible en sí; 2º Como esencia uniforme, fondo y substratum de todos los seres”. Bajo este aspecto, «Dios es la mente omniforme, el piélago infinito de la substancia, que lo esencia todo, que da el ser a todo, y que sostiene las esencias de infinitos millares de naturalezas metafísicamente indivisas». De Proclo acepta también Miguel Serveto el proceso o desarrollo de la esencia unidad por cuatro diversos grados, que llama “modo de plenitud de substancia, modo corporal, modo espiritual, y modo ideal, singular y específico”.

“El modo de emanación por plenitud de substancia se da sólo en el cuerpo y espíritu de Jesucristo. Y véase de qué modo tan extraño viene a injertarse el cristianismo unitario de Servet en su concepción panteísta. Veinte veces afirma que «Dios es todo lo que ves y todo lo que no ves», que «Dios es parte nuestra y parte de nuestro espíritu», y, finalmente, que «es la forma, el alma y el espíritu universal», y a pesar de fórmulas tan desoladas y tan crudas, su alma, naturalmente mística y enamorada de lo suprasensible, no puede resignarse ni a la unidad yerta de la concepción de Plotino, ni al frío deísmo de los socinianos (unitarianos de la escuela de los Sozzini). En el fondo de su alma quedaban semillas cristianas, y era, a su modo, más que devoto, ebrio de Cristo, de un Cristo ideal y arquetipo; y a este Cristo así concebido le puso como centro del mundo de las Ideas. Para Servet, todo vive idealmente en Dios y todo se concentra realmente en Cristo. El panteísmo de Servet más bien debiera llamarse pan-cristianismo, porque en su sistema, Cristo es la fuente de todo, la deidad sustancial del cuerpo, del alma y del espíritu, y de su sustancia espiritual emanó por espiración la sustancia de los ángeles y de las almas”.

La Cosmología y la Antropología de Miguel Serveto son una mezcla confusa e incoherente de ideas materialistas y platónicas. Lo más original de ella es la teoría de la luz, así material como espiritual. A esta palabra luz da Serveto unas veces el sentido directo y otras el figurado. La asimila con la entelechia de Aristóteles: “es la madre de las formas, el resplandor o refulgencia de la idea, la agitación continua, la energía vivificadora, el principio de la generación y de la corrupción, la fuerza que traba los elementos, la forma sustancial de todo, o el origen de todas las formas sustanciales, puesto que de la variedad de formas y combinaciones de la luz procede la distinción de los objetos. Cuanto hay en el mundo, si se compara con esta luz, es materia crasa, divisible y penetrable. Esa luz divina penetra hasta la división del alma y del espíritu penetra la sustancia de los ángeles y del alma, y lo llena todo. Así como la luz del sol penetra y llena el aire, la luz de Dios penetra y sostiene todas las formas del mundo, y es, por decirlo así, la forma de las formas”. (Esta teoría del conocimiento por medio de la luz, la define Menéndez Pelayo en otro escrito, como más poética que filosófica; “es en Servet una luz física cuando nos revela y manifiesta el mundo real, particular, variable y limitado; pero es luz divina, refulgencia de la forma una e infinita, luz increada o esencial, cuando nos pone en contacto con el mundo de lo inteligible, con el mundo de las leyes y de las causas. Esa luz divina es la que forma en el hombre la palabra interior, y le da, por último término del conocimiento intuitivo, la apercepción de lo infinito, la visión de Dios en vista real”.)

Termina, Menéndez Pelayo, de explicar la filosofía de Serveto, aliviado de pasar, de la “atmósfera tormentosa en que míseramente se perdió el genio de Miguel Servet”, a la atmósfera serena y lúcida en que vivió, al que considera, el más ilustre de los platónicos españoles del Renacimiento, Sebastián Fox Morcillo, al que define como: “...el filósofo sintético y armonista, que volviendo la espalda al sincretismo alejandrino (que trata de conciliar doctrinas diferentes), busca un modo más alto de concordia entre los dos principios del pensamiento griego, y da con una fórmula fecunda, que lleva en potencia toda una revolución metafísica”.

Trata al final, de la evolución de el platonismo, hasta el siglo XX. Citando en el siglo XVII, “la brillante manifestación en el Tratado de la Hermosura de Dios y su amabilidad por las infinitas perfecciones del ser divino, obra del P. Juan Eusebio Nieremberg”. Considera que posteriormente, la forma se mantiene elegante todavía, pero algo afeminada y, en suma, más graciosa que bella, y aparece muelle, oscilante y poco precisa, y a la larga todo se convierte en fórmula vacía, que llega a repetirse mecánicamente como una lección aprendida de coro.

“La abundante literatura filosófica del siglo XVIII no nos presenta la huella de Platón en parte alguna. Reducida cada vez más la filosofía a un empirismo ideológico, rebajada en muchas ocasiones hasta confundirse con la Gramática, envuelta con deplorable frecuencia en el tumulto de la controversia política y social que por momentos arreciaba, bajó de su pedestal para convertirse en arma de combate en manos de enciclopedistas y de apologistas, mucho más atentos a las consecuencias y aplicaciones que a los principios. La Metafísica propiamente dicha fue teniendo cada día menos cultivadores”.

Platón pertenece hoy a la literatura mucho más que a la filosofía. Con haber sido tan poderosa la corriente idealista en la primera mitad del siglo XX, ha corrido siempre por cauce distinto del cauce socrático. Las ideas son de todo el mundo, o más bien, no son de nadie: en el pensador más original se pueden ir contando uno por uno los hilos del telar ajeno que han ido entrando en la trama; la originalidad sólo en la forma reside. Todo lo imperfecto, lo mudable, lo relativo y contradictorio es ajeno del purísimo ser de la idea platónica, que jamás se digna descender de su solio para lanzarse en el irrestañable torrente del heraclitismo (9). La metafísica de las costumbres, de Kant, fatalmente pesimista, no fue engendrado en aquellos sagrados bosquecillos donde filosofaba Platón «a orillas del Iliso (río de Atenas), a la sombra del plátano, sobre la blanda hierba, lugar acomodado para juego de doncellas, santuario de las Ninfas y del Aquelóo (en la mitología, primogénito de los dioses-ríos y padre de las sirenas), donde espira fresco viento y resuena el estivo coro de las cigarras».

Dijo Cervantes que aun “las mejores traducciones eran tapices vueltos del revés”; pero hay algo peor que las traducciones de palabras, y son las traducciones de ideas y sistemas ajenos a nuestro propio sistema e ideas. Por eso los grandes filósofos han solido ser tan malos historiadores de la filosofía, al paso que esta historia ha debido servicios eminentes a espíritus relativamente medianos y modestos. Bástale al historiador de la filosofía comprender lo que expone: con esto se librará de la peligrosa tentación de rehacerlo. Así, que a mi, que me resulta trabajoso entenderla y más todavía explicarla (ya que sólo estoy copiando y resumiendo), a lo peor resulto el mejor narrador.

Malos vientos parece que corren hoy para el idealismo de Platón y aun para todo idealismo, dice Don Marcelino. Hoy, muchos estudian la filosofía como una especie de literatura, como un objeto de investigación y de curiosidad erudita, como una rama de la arqueología y de la filología. En suma: el realismo, el pesimismo, el positivismo, el materialismo, el empirismo, el criticismo y el escepticismo, han contribuído juntos o aislados a difundir un marcadísimo desdén hacia la filosofía pura. Los excesos del idealismo fantástico no podían menos de traer esta reacción. “Lo particular, lo individual, lo infinitamente pequeño, lo accidental y fortuito, se ha sobrepuesto en tales términos a lo general, a lo trascendental y a lo absoluto; ha llegado a tal desmenuzamiento el trabajo intelectual; han triunfado de tal modo las monografías sobre las síntesis, que, en vez de la luz, comienza a producirse el caos, a fuerza de amontonar sin término, y a veces sin plan, hechos, detalles, observaciones y experiencias”.

“La humanidad está condenada a plagiarse siempre y a ser siempre distinta”. Hay en los pensadores actuales, un hastío creciente del puro empirismo y del puro criticismo, y una tendencia a volver a la afirmación metafísica, próxima al armonismo. La Metafísica brota de las entrañas de la Psicología, y al mismo tiempo la explica y le da su razón última por analogía trascendental. Dios sirve para entender el alma, y el alma para entender la naturaleza, porque según la profunda sentencia de Aristóteles, el alma es el lugar de todas las formas, y según la no menos profunda de Leibniz, «el cuerpo es un espíritu momentáneo, una dispersión o refracción del espíritu».

“He dicho”. Así es como acaba Don Marcelino Menéndez Pelayo, la conferencia (aquí resumida o ¿destrozada?) que pronunció ante estudiantes, a los que reiteradamente se dirige.

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APUNTES DE TERMINOLOGÍA

(1)Hermes Trismegisto.- el tres veces grande; gran filósofo, gran sacerdote, gran rey. Más que como identidad personal, se considera un agrupamiento de enseñanzas y descubrimientos, que los antiguos egipcios ponían bajo su protección. Los legendarios millares de escritos “herméticos”, fueron posteriormente rellenadas por los griegos, difundiendose sus enseñanzas especialmente por los neoplatónicos y gnósticos en el Renacimiento. Su obra más significativa es “La Tabla Esmeralda”

(2)Jámblico.- nacido en Siria, murió hacia 330 en Italia. Enfatizó el factor mágico o teúrgico en el esquemo neoplatónico de la salvación. Inició el esfuerzo en distinguir tres etapas o momentos subordinados en el proceso de emanación: el original, la emergencia del original y el retorno al original.

(3)Porfirio.- (233 a 303) nació probablemente en Tiro. Discípulo de Plotino, escribió “Contra los Cristianos”, a los que ataca con lo que hoy llamariamos criticismo histórico del Antiguo Testamento, el estudio comparado de las religiones y una defensa de la mitología pagana. Sostiene que las prácticas ascéticas son el punto de partida del camino de perfección. Considera a Pitágoras y Plotino modelos de santidad y hacedores de milagros.

(4)Proclo.- nacido en Bizancio en el 410, murió hacia el 485. Fue director de la Academia de Atenas. Conformó un sistema neoplatónico, que integraba los aportes de las religiones antiguas y de las ciencias y filosofía griega, enfrentandose al cristianismo, que se presentaba como única religión verdadera. Afirma, siguiendo a Plotino, que todo procede del UNO por EMANACIÓN.

(5)Plotino.- (205 a 270) nació en Licópolis (Egipto). Es el iniciador del neoplatonismo, filosofía idealista y espiritualista tendente al misticismo. Para él, Dios está: “más allá del ser”, “más allá de la sustancia”, “más allá de la mente”.Considera el UNO, como el nombre menos inadecuado para hablar de Dios, porque de él parte toda multiplicidad. Las cosas no son creadas, sino que EMANAN de Dios.

(6)Aben-Ezra.- (1092 a 1167) nació en Toledo. Celebrado Rabino español, sobresalió en filosofía, astronomía, medicina, poesía, lingüística y exégesis. Su mayor trabajo son sus comentarios de los Libros Sagrados, en los que se adhiere al sentido literal, evitando alegorías rabínicas y extravagancias cabalísticas.

(7)Maimónides.- nacido en Córdoba en 1135, fue filósofo, teólogo judío y médico. Asentó la teología judaica sobre los principios de la razón según la filosofía aristotélica, subordinando la fe a su personal criterio, negando las enseñanzas de la fe, allí donde ofrece alguna duda a su razón.

(8)Filón de Alejandría.- (-25 a 50) intentó conciliar la Torá con el pensamiento filosófico griego, especialmente platónico. Culminó lo que puede llamarse Filosofía Judeo-Helenística, intentando conciliar la ciencia con las creencias.

(9)Heráclito de Éfeso, “el Oscuro”.- (544 a 484 a. de C.) escribió “Sobre la Naturaleza”, recopilación de sentencias de carácter enigmático y oracular. Afirma que este cosmos no lo hizo ningún dios, ni ningún hombre, sino que siempre fue, es y será fuego eterno, que se enciende y extingue según medida. Interpreta que todo movimiento está regulado por una “ley universal”, el Logos, que conduce a la armonía y unificación de los elementos contrarios.