Miguel Servet: contra monumento expiatorio de Calvino en Champel, Ginebra, 1903

25/06/2004

El 27 de octubre de 1553, murió en la hoguera, en Champel, Miguel Servet, de Villanueva de Aragón, nacido el 29 de septiembre de 1511. Hijos respetuosos y agradecidos de Calvino, nuestro gran Reformador, pero condenando un error que fue el de su siglo, y firmemente adheridos a la libertad de conciencia, según los verdaderos principios de la reforma y del Evangelio, hemos elevado este monumento expiatorio el 27 de octubre de 1903.

Le XXVII octobre MDLIII
mourut sur le bûcher
a Champel
Michel Servet
de Villeneuve d'Aragon
ne le XXIX septembre MDXI




Fils

respectueux et reconnaissants
de Calvin,
notre grand Reformateur,
mais condamnant une erreur
qui fut celle de son siècle,
et fermement attachés
a la liberté de conscience
selon les vrais principes de
la réformation et de l'Evangile,
nous avons élevé
ce monument expiatoire
le XXVII octobre MCMIII

En 1902 Pompeyo Gener, que asistía en Ginebra al Congreso internacional de la Libertad del pensamiento, presentó al pleno de ese Congreso la siguiente proposición, que fue aceptada por unanimidad entre ruidosos aplausos: «Los abajo firmados, delegados de diversos puntos en el Congreso internacional del librepensamiento, piden que, en reparación del martirio de la hoguera hecho sufrir al inmortal Miguel Servet por el fanático Calvino, se erija un monumento con la estatua del ilustre mártir, en Champel, en el propio sitio en que fué quemado vivo.» Renuentes los torcidos ginebrinos ante tal proyecto, reivindicador de Miguel Servet como víctima del fanático Calvino, se apresuraron a levantar otro monumento a Servet, que neutralizase el proyectado, y en el que ofreciendo cierto recuerdo vergonzante del médico y teólogo español, se justificasen las actividades incineradoras del desgraciado Calvino: «Hijos respetuosos y agradecidos de Calvino, nuestro gran Reformador, pero condenando un error que fue el de su siglo, y firmemente adheridos a la libertad de conciencia, según los verdaderos principios de la reforma y del Evangelio, hemos elevado este monumento expiatorio el 27 de octubre de 1903.» Nada mejor que leer lo que nos dejó escrito el propio Pompeyo Gener sobre el proyectado monumento nunca levantado y sobre el pedrusco que sirvió de contra monumento al cumplirse los 350 años de la vivicremación del español, pedrusco que se mantiene desde hace ya más de un siglo en un discreto lugar frente al hospital de Champel, en las afueras de Ginebra, sitio muy apropiado para acordarse de Calvino y sus alucinados seguidores:


El monumento expiatorio que los calvinistas de Ginebra erigieron en Champel a Servet en 1903, disculpando a Calvino para desvirtuar el verdadero que debió de erigírsele. «El año de 1902, después de algún tiempo de no haber estado en Suiza, emprendimos un viaje a Ginebra, y hallándonos en dicho punto algunos días durante el mes de septiembre a propósito de varios Congresos internacionales allí habidos, pudimos notar el alto espíritu de justicia que reinaba en la hermosa ciudad helvética, sobre la memoria del malogrado Miguel Servet. No sólo eran los librepensadores los que acusaban a Calvino de haber cometido el enorme crimen de privar a la Humanidad [4] de que uno de los genios más fecundos diera todo su fruto, sino que hasta había protestantes liberales que reivindicaban nuestro compatriota, con tanto ardor como los librepensadores, sosteniendo que Calvino había sido un fanático estrecho de miras que había hecho más daño que bien á la doctrina evangélica {(1) «Hoy –exclama F. de Sechickler, en el Bulletín de la Societé de l'Histoire du protestantisme– la cruel condena de Servet, estigmatizada por los adversarios de la Reforma, es objeto de tristeza y de remordimiento para los buenos protestantes.»}. Y algunos hacían el panegírico del ilustre doctor español, considerándolo como uno de los principales jefes de la Reforma. Un pastor protestante {(2) Henry Tollin, Michel Servet-Portrait-Caractere, pág. 46} llegó a decir de él, presentándolo como un apologista del cristianismo: «Renuncia a los placeres, a los honores, a la influencia que en la Corte de Carlos V, con el ilustre Quintana, su maestro, le estaban asegurados. El placer más grande de su vida consiste en haber encontrado una Biblia; desde entonces no tiene más que una sola pasión: Jesús. Ser el paladín de Jesús y revelarlo tal cual es al mundo entero que no lo comprende, tal es [5] el objetivo de su vida. Todo lo que se opone a Jesús, al amigo de su corazón, lo combate y lo derriba con todo el ardor de un caballero español. El mundo pertenece a Jesús, su amigo. Por este Jesús, el salvador histórico del mundo, el propio hijo de Dios, reivindica el derecho de posesión sobre la Iglesia, derecho que quiere disputarle esa frívola doctrina de la Trinidad escolástica, que contradice, a la vez, la Biblia y la razón. Gracias al amor de Jesús, no permite que se detenga en su marcha la autoridad de la Escritura, en honor del Santo de los Santos. Así afirma que debe de ser sometida a la autoridad de la Escritura la doctrina que divide a Dios en tres personas. El trató, por su amigo celeste, de convencer a los jefes de la Reforma, y su respuesta fue anatema proscripción y muerte.»

Y a este tenor, vimos varias otras publicaciones de los evangelistas avanzados. Hasta los protestantes conservadores, acérrimos calvinistas, confesaban que había sido un error de Calvino y lo excusaban invocando lo de las costumbres duras de la época, de las necesidades políticas del momento, de la presión de las masas, &c., &c. [6]

En esto celebróse en la Universidad de Ginebra el Congreso internacional de la Libertad del pensamiento, y conociendo a fondo la cuestión, y en especial la personalidad de Servet, tanto científica como filosófica y teológica, nos creímos en el deber de formular la forma concreta de la reparación o mejor de la reivindicación que Ginebra debía de tributar al ilustre descubridor de la Circulación de la sangre.

Así presentamos la siguiente proposición al Congreso en pleno, que me firmaron otros cuatro delegados, siendo votada por unanimidad entre ruidosos aplausos:

«Los abajo firmados, delegados de diversos puntos en el Congreso internacional del librepensamiento, piden que, en reparación del martirio de la hoguera hecho sufrir al inmortal Miguel Servet por el fanático Calvino, se erija un monumento con la estatua del ilustre mártir, en Champel, en el propio sitio en que fue quemado vivo. –Firmado: P. Gener, Ferrero, Belén Sárraga, Soriano, Lozano.»

Encontrándome algo enfermo en aquel momento, leyó la proposición el profesor señor Ferrero. Varios individuos del Municipio [7] de Ginebra, y del Consejo Cantonal, prometieron su apoyo omnímodo, al cual se adhirieron luego los demás. Nombróse una comisión internacional, y ésta, a su vez, delegó a otras subcomisiones el encargo de promover la suscripción para la erección del monumento. La ciudad de Ginebra daría el terreno, el arquitecto y creo que el material de construcción. En España se nombró una sub-comisión, y aquí se quedó la cosa. Y la sub-comisión española nada ha hecho aun siendo la que hubiera tenido que llevar la iniciativa en este asunto. Para que no quede en olvido mártir tan ilustre, ahora que, precisamente en este mes de Octubre, uno de estos días, (el 27), cumplen los 350 años del suplicio de nuestro ilustre genio, me he determinado á escribir, con las notas que tengo, este trabajo, cuyos estudios empecé ante el proceso, el año pasado y he concluido este verano en la misma Ginebra. Mi fin es el de hacer saber a toda España y las Américas latinas quién era Servet y, sobre todo, a lo que fue debida su muerte desgraciada. [8]

* * * Después de escrito lo que antecede, leemos en un periódico suizo {(1) Este periódico y la fotografía, que de la roca expiatoria reproducimos, nos la remitió nuestro amigo el genial poeta Angel Guimerá, al llegar de un viaje a Suiza.} que se ha levantado a la memoria de Miguel Servet un monumento en los alrededores de Ginebra. Luego hemos visto fotografías y la descripción de dicho monumento. Según resulta el monumento en cuestión, es sólo una sencilla roca, rodeada de una verja, con una lápida conmemorativa, situado en un recodo de uno de los caminos de Champel, y no en el sitio donde fue quemado el ilustre descubridor de la circulación de la sangre.

La inscripción es la siguiente:

«El 27 de octubre de 1553, murió en la hoguera, en Champel, Miguel Servet, de Villanueva de Aragón, nacido el 29 de septiembre de 1511. Hijos respetuosos y agradecidos de Calvino, nuestro gran Reformador, pero condenando un error que fue el de su siglo, y firmemente adheridos a la libertad de conciencia, según los verdaderos principios de la reforma y del Evangelio, hemos elevado este monumento expiatorio el 27 de octubre de 1903.» {(1) La inscripción en francés: «Le 27 octobre 1553, mourut sur le bûcher à Champel, Michel Servet, de Villeneuve d'Aragon, né le 29 septembre 1511. Fils respectueux et reconnaissants de Calvin, notre grand Réformateur, mais condamnant une erreur qui fut celle de son siécle, et fermement attachés á la liberté de conscience selon les vrais principes de la réformation et de l'Evangile, nous avons élevé ce monument expiatoire le 27 octobre 1903.»}

Este monumento, vergonzante, sin estatua, como se puede ver por la inscripción, es más una reivindicación de Calvino que una reparación a nuestro ilustre filósofo. Con él el elemento calvinista de Ginebra ha intentado desviar la inmensa corriente dirigida a la erección de un gran monumento con estatua, tal cual merece el ilustre descubridor de la circulación de la sangre, monumento que se levantará majestuoso allí mismo donde le hizo quemar, por un odio personal, Calvino. Y este monumento hubiéralo sido, a la par, de oprobio contra el reformador extranjero que entronizara una tiranía teocrática, cohibiera las costumbres vitales de la libre Helvecia, y de gloria para los viejos ginebrinos, los verdaderos patriotas de la época, que no quisieron condenar a un sabio inocente, ni conculcar las leyes liberales de su República.

Pero como esto no convenía a los pastores calvinistas, a esos hijos respetuosos y agradecidos del asesino picardo, por esto se ha hecho la menos cantidad de monumento con esta lápida hipócrita. Hipócrita, ¡sí! porque se quiere hacer recaer sobre las costumbres del tiempo, la responsabilidad que cae solamente sobre Calvino. Calvino y sus adeptos fanáticos son sólo los responsables de la muerte del gran Servet, como de la decapitación de Gruet, y de tantas muertes, destierros, encarcelamientos y torturas como hicieron sufrir esos enemigos de la vida, [11] a los antiguos patricios de Ginebra, tan rancos y tan hospitalarios.

Si ese monumento es a Servet a quien se erige, condénese a Calvino y quítese lo de los hijos respetuosos y agradecidos. Y si tanto agradecen y respetan a su reformador, tengan el valor de compartir con él la responsabilidad de sus horrendos crímenes, cual lo hace Choisy en su Historia de la Teocracia en Ginebra.

(...) Yo no veo más que un martir sublime y un malvado horrible: Servet y Calvino, y en el primero un genio, un sabio, un filósofo que estaba en la verdadera vía de la perfección humana; y en el otro un criminal fanático, estrecho de miras, enemigo de la vida, que quería extremar los dogmas ascéticos cristianos de renunciación, hasta hacerlos remontar a las secas teorías jehovistas de Israel. ¡Gloria al primero! ¡Horror y vilipendio eterno para el segundo! No habiendo podido conseguir que se le levante ese monumento en que soñábamos, le dedicamos un libro para probar lo grande que fue, y lo injusta y horrible de su condena. Barcelona, 23 noviembre 1903. P. Gener.» (Pompeyo Gener, Servet: reforma contra renacimiento, calvinismo contra humanismo, Casa editorial Maucci, Barcelona 1911, páginas 3-11 y 15-16.)