Juan Calvino y el contexto de Ginebra en 1553

Antes de proceder a hablar del largo juicio que prosiguió, será necesario comentar algo más sobre el propio Calvino y la situación de Ginebra en esa época. Juan Calvino nació en 1509, dos años antes que Miguel Servet, en Noyon (Picardie), y habiendo recibido una buena educación se le encaminó al sacerdocio. Después de pelearse con la Iglesia, estudió Derecho como Miguel Servet. Se fue convirtiendo a las ideas de la Reforma al mismo tiempo que Miguel Servet publicaba sus primeros libros en contra del concepto de la Trinidad. En 1536 había publicado su Institutio Christianae Religionis, una clara, lógica y hábil presentación del sistema de creencia protestante, la obra más consistente escrita en defensa de la causa protestante. Esto enseguida propició que se le reconociera como el líder intelectual de la Reforma fuera de Alemania. Obligado a huir de Francia, donde la vida de los protestantes no era del todo segura, llegó a Ginebra por casualidad justo en el momento en que la causa de la Reforma, la cual se había adoptado a principios de ese año, se tambaleaba al verse necesitada de un líder consolidado. En contra de su propia voluntad, se le insistió para que trabajara allí y, aunque nunca fue más que uno de los sacerdotes de la ciudad así como un predicador y profesor de Teología, pronto resultó ser, aupado por la fuerza de su carácter, un auténtico déspota.

Ginebra en 1553 era una pequeña ciudad cosmopolita de unos 20.000 habitantes. Antes de la Reforma, había sido alegre y festiva, e incluso entonces sus ciudadanos se entregaban a los placeres de la vida sin ser muy estrictos de moral. Calvino se decidió a cambiar todo aquello para convertir a Ginebra en el modelo del mundo protestante, con la vida rigurosamente ajustada a la Palabra de Dios. Tardó poco en devolver el orden, reformó el código de leyes y se propuso por medio de leyes severas aplicadas con severidad, incluso en referencia a pequeños detalles de la vida privada, erradicar el vicio y hacer que la religión y la moralidad prevalecieran entre los habitantes. La población, sin embargo, contrariada por el hecho de que un simple forastero pudiese interferir en sus viejas costumbres, se alzó en su contra y después de dos años mandaron a Calvino y a su compañero de Reforma, Farel, al exilio, prohibiéndoles el regreso. Inmediatamente las cosas fueron de mal en peor. Hasta que al cabo de tres años fue necesario volver a llamar a Calvino. Regresó en 1541 para quedarse en Ginebra el resto de su vida, gobernando con una mano más dura que nunca a pesar de la fuerte y constante oposición que provocaba. Los Libertinos (como grupo más fuerte que se oponía a Calvino fueron llamados en última instancia) vieron que les suponía un obstáculo para sus ambiciones políticas y decidieron destruir su poder dentro de lo posible. El hecho de que hubiera mandado decapitar a algunos de ellos en 1547, les enfureció doblemente en su contra. Le insultaron tanto como pudieron: llamaban a sus perros Calvino y a él le apodaban Caín. La lucha era dura e intensa, y el desenlace incierto. Tras ganar algunas victorias provisionales sobre sus adversarios, Calvino tuvo que enfrentarse a una oposición renovada y el verano de 1553, parecía estar completamente vencido. Este era el crítico estado de las cosas cuando Miguel Servet apareció en escena: con los Libertinos preparados, si se ofrecía la oportunidad, para aprovecharse de su presencia y así frustrar la influencia de Calvino. El juicio de Miguel Servet fue, por lo tanto, no el mero juicio de un individuo por herejía, sino uno en el que estaban implicados intereses políticos y personales. De su desenlace parecía depender no sólo la vida del acusado sino también el destino de la Reforma en Ginebra y quizás incluso la de toda Suiza y Francia.